Escobar y el culto al cartel municipal, legible o ilegible

El intendente Sujarchuk suele destacar acciones de gestión que, según remarca, distinguen a Escobar de otros municipios o convierten al distrito en pionero en determinadas iniciativas. Y hay un aspecto en el que, efectivamente, Escobar parece no tener competencia: la cartelería municipal.

No por su diseño, creatividad o valor estético, sino por su cantidad. En Escobar, todo parece ser una superficie apta para instalar un cartel. Calles, plazas, veredas, boulevares y cualquier rincón disponible terminan convertidos en soporte publicitario de la gestión. Hay carteles de obras realizadas por el Municipio, de obras financiadas por Provincia o Nación pero gentilmente “adoptadas” por la administración local, de proyectos futuros y también de trabajos inaugurados hace días, semanas o incluso años. Porque esa es otra particularidad del fenómeno: los carteles rara vez se retiran. Permanecen allí hasta que el tiempo, el óxido o una ráfaga de viento hacen el trabajo que debería hacer el propio Municipio. Muchos ya perdieron colores, letras y sentido. Quedaron apenas las estructuras metálicas y paneles despintados, como hojas arrancadas de un cuaderno olvidado a la intemperie.

La plaza Mitre, ubicada sobre la pintoresca calle Villanueva de Ingeniero Maschwitz, es un ejemplo de esta devoción municipal por la cartelería. Sus carteles forman parte del paisaje cotidiano, aunque varios estén deteriorados, ilegibles o directamente vandalizados (ver fotografía). Pero en Escobar los carteles parecen tener un carácter casi sagrado.

Tan importantes son los carteles que, frente a un sector de juegos infantiles ubicado en esta plaza, instalaron dos letreros por lado, separados apenas por unos metros, para anunciar solemnemente que se trata de un espacio destinado a “niños y niñas”. Una aclaración imprescindible, al parecer, para despejar cualquier duda sobre la verdadera naturaleza de los juegos, y confirmar que no se trata de una sofisticada recreación generada por inteligencia artificial.

El próximo intendente —si logra moderar esta pasión gráfica heredada— probablemente deba dedicar buena parte de su gestión a desmontar estructuras, retirar chapas y limpiar espacios públicos saturados de anuncios oficiales.

Aunque, nobleza obliga, hay un sector que seguramente recordará estos años con emoción: los proveedores de carteles. Para ellos sí que fue una gestión verdaderamente redonda. Quedará la duda de rigor: ¿habrá sido siempre el mismo proveedor o hubo reparto democrático de semejante bonanza?