La barbarie en la Feria del Libro: Cicerón, Bradbury y la censura en Escobar

La censura previa y la intolerancia institucional en el espacio público no son meros “incidentes de feria”; son síntomas alarmantes de un autoritarismo degradante. Cuando una estructura municipal persigue un libro por la imagen de su portada, margina su difusión e intimida a quienes lo promocionan llegando al extremo de romper su folletería y sugerir la quema de la obra, no se está protegiendo la cultura, ¡se la está pisoteando! Como bien advertía Marco Tulio Cicerón, “la fuerza es el derecho de las bestias”.
Recurrir a la coacción, el amedrentamiento y el matonismo administrativo para callar una investigación histórica es la renuncia explícita al pensamiento, a la razón y al debate democrático. Quien impone la fuerza destructiva sobre el contraste de ideas se degrada a sí mismo y degrada al Estado que representa. Que una agente estatal haya sentenciado en pleno siglo XXI que un libro “debe ser quemado” nos arroja de golpe a las pesadillas distópicas de Ray Bradbury en “Fahrenheit 451”. En la obra en cuestión, los bomberos no apagaban incendios, sino que quemaban libros para evitar que la gente pensara, cuestionara o conociera pasados incómodos. Lamentablemente, cuando el personal municipal asume el rol de los “bomberos” de Bradbury, pretendiendo erradicar el pensamiento crítico mediante el fuego y la censura, la realidad supera a la ficción de la forma más oscura. La insinuación de quemar “El orden justo” revela el pánico atávico del fanático e ignorante ante la palabra escrita y documentada.
Por mal que le pese a algunos energúmenos que no tuvieron la fortuna de ser agraciados por “Natura” en la distribución de neuronas, un municipio no debe funcionar como un feudo donde los empleados actúan en un vacío de poder ya que, en la administración pública, rige el principio de responsabilidad jerárquica y de control institucional. Ergo, el intendente Ariel Sujarchuk, como Jefe del Gobierno local, no puede pretender ignorar ni desentenderse de los atropellos cometidos por personal que porta las insignias y prendas del municipio en eventos oficiales. Si los agentes estatales formados o amparados bajo la gestión municipal se sienten con poder e impunidad para amedrentar ciudadanos, destruir material de difusión y proferir consignas de persecución ideológica como la quema de libros, es porque desde la cúpula directiva se ha instalado o consentido un clima de intolerancia. La omisión, el silencio o la falta de sanción disciplinaria y administrativa ante estos hechos transforman la negligencia del mandatario en complicidad directa, olvidando que el poder público está para garantizar el cumplimiento de los artículos 14 de la Constitución Nacional y 13 de la Constitución de la Provincia de Buenos Aires, y no para convertirlos en papel mojado según la conveniencia ideológica de turno.
Ante el atropello cometido contra la obra de Eduardo Arcuri, cobra un valor inusitado el profundo mensaje del poema de José Pedroni, “La Hoja Voladora”, en el que su autor recuerda cómo la palabra escrita, cuando es libre, adquiere un impulso propio que ningún censor, ningún funcionario ni ninguna llamarada pueden detener. La hoja que vuela y el pensamiento que se plasma no pertenecen al burócrata que pretende destruirlos; pertenecen al viento, al pueblo y a la memoria.
Romper un folleto o amedrentar a una familia distribuidora es un acto de impotencia supina: se puede destrozar el papel, pero la verdad y la idea que contiene continúan rodando de mano en mano y de conciencia en conciencia. Este triste episodio retrata a la perfección el espíritu del tango “Cambalache”, de Enrique Santos Discépolo, al recordarnos que pese a haber transcurrido ya una cuarta parte del siglo XXI, continuamos viviendo en una sociedad distópica donde al amparo de aquel “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”, la arbitrariedad de una agente municipal pretende definir qué se lee y qué se quema, pisoteando el valor de un trabajo de investigación histórica documental. Impedir la exhibición de un libro e incitar a su destrucción nos sumerge en ese cambalache moral donde el mérito, la legalidad y los derechos constitucionales valen lo mismo que la prepotencia de quien lleva puesta una remera oficial.
Una Feria del Libro que excluye, censura e intimida deja de ser un espacio de cultura para convertirse en una vitrina de propaganda. Los libros no se queman, no se rompen ni se ocultan: se leen, se debaten y se juzgan en libertad. Hasta el momento, el gobierno municipal ha mantenido un cuestionable silencio frente a los atropellos sufridos por Arcuri y su esposa. Por ello, resulta imprescindible que en resguardo de la vida democrática el intendente Sujarchuk disponga una investigación seria de lo ocurrido, identificando y apartando de la gestión a los responsables de la agresión. Y, en caso de que estos se hubieran arrogado indebidamente su pertenencia al gobierno local, debería explicar de inmediato cómo fue posible que actuaran con semejante impunidad e inmunidad en un evento organizado por la propia Municipalidad, dando intervención a la justicia para que individualice y sancione a sus autores.
Dr. Marcelo L. Soto
(NdA): En su obra “Fahrenheit 451” Bradbury popularizó los 451 °F (aprox. 232,8 °C) como la temperatura en que el papel arde. Aunque el punto de ignición científica varía según la humedad y la composición, la cifra se transformó en un símbolo universal de la censura y la destrucción deliberada de libros.