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Los pecados capitales en revolución

Autor: Carlos Figueredo Álvarez

Ciudad de Barquisimeto, Venezuela

Sept. 2026

Era un viaje en autobús que normalmente duraba ocho horas continuas, se trasladaba el profesor desde San Cristóbal a Barquisimeto, cerca de 660 kilómetros de distancia separaba ambas ciudades. Ya el profesor había culminado su jornada laboral semanal y regresaba a casa, la música y el aire acondicionado de la unidad eran propicias para dormitar o concentrarse en otros pensamientos diversos. El negro manto de la noche se había apropiado de la vía, las ventanas encortinadas nada permitían ver al exterior, y el profesor fácil de sueño y algo cansado por la dura jornada del último día de esa semana, en la cual se discutió con mucha intensidad y profundidad sobre la obra de Fernando Savater “Los Siete Pecados Capitales” se entregó sin demoras a los brazos de Morfeo. Y en brazos de Morfeo viajó paralelamente a otro sitio totalmente desconocido para él:

En su viaje onírico entró a un “congreso de pecaminosidad”, donde el pecado y todas las más aberrantes manifestaciones y perversiones humanas estaban presentes cuyo tema principal era el análisis histórico sobre lo que cada pecado capital ha sido capaz de provocar entre los humanos, estos maestros de la maldad eran los expositores, siete intimidantes personajes que se temían entre ellos mismos, ni satanás era capaz de presentarse en ese momento, tal era el pavor que semejante caterva de siniestros elementos inspiraban.

Pero algo había en el ambiente, invisible, detectable, influenciado por una sugerente melodia y sentido solo por los expositores inicialmente, luego percibido por el auditorio.

El horripilante maestro de ceremonia con su cavernosa y ultratúmbica voz anuncia al primer expositor:

-Señoras y señores, tengo el pesaroso placer de presentarles a nuestro primer conferencista en este extraordinario congreso de pecaminosidad, ustedes oirán las inigualables acciones en pro de lo peor de la humanidad que han realizado y tienen en mente realizar los especialistas en transgresiones de las leyes de la llamada divinidad.

-Con ustedes y nosotros LA GULA….

Se presenta la Gula, obesa en extremo, con cara de avidez, insaciable, con su característico color naranja, hace su exposición, deja al auditorio atónito por tantas demostraciones de glotonería .Pero tocada por el gusanillo del remordimiento, en su interior un conflicto comienza a emerger, se le ve llorosa, algo la preocupa, un sentimiento de culpa emerge y cuando intenta devorar un suculento trozo de carne, lo deja caer al piso, y… por primera vez, no sintió hambre, sino náuseas.

Al final de su intervención la Lujuria, que llegó ataviada con sus vistosas y llamativas galas de colores cálidos, se cubrió con una descolorida manta vieja y confesó: -ya no puedo más, he causado tanta vaciedad en los corazones, ya nada me produce placer. Solo quería que me amaran, pero solo he provocado hambre, jamás saciedad.

La Ira, con su habitual rostro enrojecido de furia, una vez culminado su virulento discurso se derrumbó en una silla, su expresión se fue suavizando, con sus manos hizo un gesto de amistad y con voz casi susurrante dijo: -estoy cansada y avergonzada de odiar, he destruido familias El silencio me aterra porque en él escucho los gritos de aquellos que lastimé.

Al final de su disertación, la Avaricia, de tez amarillenta, mientras vaciaba sus bolsillos, monedas y hermosas prendas de oro rodaban por el piso como basura, sin valor, con voz de remordimiento, hacía esta confesión: -tengo riquezas, todo el oro del mundo y no puedo comprar ni un segundo de paz. He pasado la eternidad guardando, mis manchadas manos ocupadas en atesorar, nunca han podido estrechar las manos de un amigo.

Luego la Soberbia, en su habitual morado traje, la más rígida, en una impensable actitud de humildad, concluida su envanecida ponencia, se quitó la corona de diamantes y la abandonó sobre una mesa, y carcomida por deseos de arrepentimiento, con lágrimas en los ojos decía: -hoy cuando me miré al espejo me vi como una persona terriblemente sola, atrapada, prisionera en un trono, llamado orgullo que yo misma construí.

Llego el turno a la Pereza, quien con su achocolatado traje y sus dotes de oradora, adormeció la concurrencia, el maestro de ceremonia tuvo que elevar la voz para anunciar la finalización del lánguido discurso, la Pereza se levantó, su movimiento ya no era tan lento, se notó decisión en sus movimientos, y confesó: -he dejado que la vida pasara de largo y no esforzarme en vivirla, he sido culpable por omisión, por no mover un dedo para detener mi mayor pecado.

Por último la Envidia, como siempre verde, mirando sin rencor las caras de sus pares pecaminosos, profirió la siguiente confesión: -he pasado, desde el principio del mundo deseando ser como ustedes , deseando lo que otros tienen y hacen, sin darme cuenta de que todos sufríamos por lo mismo.

Luego de cada exposición, el semblante y la actitud de los pecados capitales cambió y como resultado del congreso se llegó a lo siguiente:

Se mantendrían los nombres de cada pecado capital, pero se cambiarían sus significados, lo que produciría una verdadera revolución en los ámbitos lingüísticos filosóficos y religiosos, los diccionarios, libros y folletos deberían ser actualizados y adaptados a las nuevas definiciones, las academias de los países hispano hablantes se encargarían de actualizar el castellano y comunicarlo a las otras academias de idiomas.

Los nuevos significados ahora serán:

Gula: Templanza, mesura y moderación

Lujuria: Castidad, honestidad y modestia

Ira: serenidad, paciencia y sosiego

Avaricia: desprendimiento, generosidad y esplendidez

Soberbia: sobriedad, humildad y modestia

Pereza: rapidez, entusiasmo y pasión

Envidia: nobleza, solidaridad y conformidad.

Llegó el autobús a su destino, el profesor había dormido durante todo el viaje, despertó con la melodía en su mente y con una sonrisa de satisfacción por lo vivido en su viaje onírico, ¿Será posible lo que soñé? ¿Será que algún día podamos ver una verdadera revolución?