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Inspectores suizos, Municipio argentino
Inspectores suizos, Municipio argentino
Las autoridades del Municipio suelen enojarse cuando este cronista revela lo que observa en la calle. Y uno nunca termina de saber si las cosas negativas ocurren casualmente justo cuando transita por allí, o si realmente están a la vista de todos, incluidas las autoridades que, por desinterés, falta de organización o vaya a saber qué otros factores, no levantan un dedo para remediarlas. La Ruta 25, en dirección al Paraná, luce ahora una obra que merece ser destacada. Y no porque Milei, Kicillof o Sujarchuk hayan otorgado fondos, sino porque un privado, Puertos de Escobar, desembolsó vaya a saber cuántos millones para construir la primera rotonda de la Ruta 25 en el distrito. Algunos vecinos aprovecharon para pedir que el Municipio imite al particular y haga una obra similar en la intersección de esa ruta con la calle Libertad. Allí instalaron un semáforo tan “inteligente” que, cuando lo activaron el primer día, armó un despelote de tránsito y él mismo pareció recomendar a los cráneos municipales que lo desactivaran. Costó una fortuna instalarlo y apenas dos segundos apagarlo. Desde entonces, permanece condenado al intermitente. Sigamos.

A pocos metros, el Municipio colocó uno de sus sagrados carteles marketineros (que refiere a obras que realizan particulares) que, en otra demostración de calidad —la misma que parece caracterizar varias de sus obras—, terminó desarmándose. Allí yace ahora, esperando que algún funcionario lea esta nota y decida quizá plancharlo un poco y atarlo con alambre, solución que, a juzgar por los antecedentes, ya forma parte del patrimonio técnico municipal.
No quiero extenderme demasiado en este recorrido, que me llevó por la siempre mal mantenida calle Libertad, llena de papeles y residuos, y luego por la siempre limpia y prolija avenida de los Lagos, mantenida por particulares. ¿Cuántas veces habrá que pedirles a las autoridades que aprendan de quienes hacen las cosas bien? Quizás el señor Costantini podría firmar un convenio con el intendente para dictar un cursillo acelerado de limpieza y mantenimiento. Sería, al menos, una experiencia educativa interesante.
Tras un corto viaje llegué a la hermosa calle Villanueva, en Ingeniero Maschwitz. Tranquila, siempre verde, con un aire especial. Allí los automovilistas circulan a 30 kilómetros por hora y se detienen cada vez que un peatón cruza la calle. Decidí sentarme en una pequeña pero agradable confitería frente a la plaza principal, cerca de la iglesia. Y, como decía al principio, las noticias parecen empeñadas en pasar siempre frente a este cronista. Mientras tomaba un café cortado, ingresaron una muchacha y un muchacho vestidos como inspectores municipales. Ambos, muy correctos, hablaron con una persona del lugar, cuya condición —dueña o empleada— desconocía, y luego salieron a la vereda. Los agentes sacaron unos metros y comenzaron a medir. Con tanta prolijidad que parecían inspectores suizos realizando una auditoría exhaustiva. Después ingresaron, controlaron las mesas y sillas interiores y conversaron nuevamente con la persona que los había atendido. Este cronista, curioso por naturaleza, no pudo evitar acercar cada vez más el oído para escuchar el diálogo. Tanto, que al inclinar un poco hacia atrás la silla estuvo a punto de caer con ella y todo. ¡Por suerte, nadie lo advirtió!. ¿El resultado? La comerciante debía desplazar unas flores y un ornamento colocados sobre la vereda para embellecer el frente del local. Sobre las mesas interiores, aparentemente, no había inconvenientes. No podía disimular mi extrañeza. Inspectores con modalidades suizas, en una localidad que todavía dista bastante de ese nivel de orden, limpieza y mantenimiento general, aplicaban las ordenanzas municipales a rajatabla. Seguramente las normas son rígidas y deben cumplirse. Pero en ese momento solo podía pensar en algo bastante menos sofisticado: el sentido común. La vereda estaba impecable. Limpia. Los pocos peatones que circulaban por allí no necesitaban realizar ninguna proeza deportiva para atravesarla. Por el contrario, dos o hasta tres parejas podían pasar simultáneamente sin inconvenientes y, además, disfrutar de los adornos que el comerciante había colocado. Lo que menos entendía era otra cosa: mientras el mismo Municipio no consigue que la gente pueda salir de sus casas los días de lluvia sin atravesar barro en calles y veredas; mientras los automovilistas destrozan sus autos por los baches; mientras vecinos siguen sin cloacas ni agua corriente; mientras tantas necesidades básicas continúan esperando, se les hace la vida difícil a quienes quieren seguir adelante, invertir, embellecer y mejorar su entorno. Entonces, señores funcionarios, una pregunta sencilla: ¿es serio todo esto?
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Podrían agarrar esa cinta métrica y medir cuánto queda del asfalto de Kennedy creo q en 2 lluvias más se empieza a desintegrar así queda parejo con el resto del cazador..que ya q estamos parece q desde la última elección no arreglan una calle…ayer quise pasar en bici por zorzal y da Vinci aprox..ya ni un tractor pasa por ahí .