Transparencia, ñoquis y un aparato elefantiásico

En nuestra sección “Opinan los lectores” de hoy, publicamos la carta de una mujer que afirma haber trabajado en la Municipalidad y haber sido testigo directo de la presencia de personal «ñoqui» en la actual administración.

Su testimonio vuelve a poner sobre la mesa uno de los aspectos más opacos de esta gestión: la falta de transparencia respecto a la cantidad real de empleados municipales, tanto en planta permanente como en condición de contratados. A eso se suma una cuestión aún más delicada: la presencia de “ñoquis”, una figura que, desde el punto de vista legal y ético, no debería existir en ninguna administración pública.

Desde este medio, hemos intentado en más de una ocasión acceder a esa información básica. ¿La respuesta oficial? Una evasiva disfrazada de tecnicismo: “Estamos en un proceso de digitalización y actualización de legajos de las y los trabajadores del municipio”. Otro secreto de Estado, al parecer, que se suma a las cifras millonarias destinadas al cachet de celebridades faranduleras o, más recientemente, a la campaña proselitista del intendente que ni siquiera es candidato en esta elección.

Que el Estado municipal ha crecido de forma desproporcionada no requiere demasiadas pruebas. Basta con observar:

  • La cantidad de vehículos oficiales que circulan diariamente por todo el distrito, en una proporción que no se ve en ningún otro municipio comparable.

  • La familiaridad con el fenómeno: ¿quién no tiene un amigo, familiar o vecino que trabaja en el Municipio?

  • La estructura política sobredimensionada: el gabinete municipal cuenta con 12 secretarías, lo que equivale, en jerarquía, a tener una docena de ministros.

Este crecimiento descontrolado no es gratuito. Muchos trabajadores municipales con auténtica vocación de servicio, alta capacitación y años de trayectoria, observan con preocupación la deriva del sistema. Temen que, ante un eventual cambio de signo político, se deba recurrir a un ajuste drástico para sostener financieramente la administración. Y que, como suele ocurrir, terminen pagando justos por pecadores: profesionales y trabajadores valiosos desplazados junto con los verdaderos ñoquis, en un intento desesperado por achicar un aparato que ya no da más.

La opacidad, el exceso y el uso discrecional de los recursos públicos son síntomas de un modelo que parece agotado. Pero mientras tanto, los costos los pagan los de siempre: los contribuyentes.