Sujarchuk y la fábula del odio: cuando el victimario se disfraza de pacificador

Durante el acto por el 209° aniversario de la Independencia Argentina, el intendente Ariel Sujarchuk volvió a poner en escena el libreto más predecible del kirchnerismo: el discurso de la concordia leído por quienes han hecho del odio una herramienta de poder. “Este día nos tiene que hacer reflexionar sobre lo que pasa en nuestro país para que terminemos con la cultura del odio y la intención de eliminar a los demás”, afirmó con tono de estadista. Y remató, desde sus redes sociales, que “la libertad -que tanto nos costó- está en riesgo”.

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Conviene detenernos y hacer un poco de memoria porque cuando un dirigente que idolatra a Cristina Fernández de Kirchner -condenada en todas las instancias judiciales por corrupción y latrocinio en perjuicio del Estado- habla de libertad y denuncia “discursos de odio”, lo que dice no puede tomarse en serio. Es, simplemente, una maniobra política de autovictimización y manipulación emocional.

Sujarchuk habla de “odio” como queriendo desconocer que tanto el peronismo y su hijo putativo, el kirchnerismo -del que él forma parte con fervor- son los que lo vienen cultivando desde sus orígenes más remotos. ¿Se referirá al odio al que piensa distinto, al que critica, al que no se arrodilla? ¿O al odio al periodista independiente, al empresario productivo, al juez imparcial? ¿O al odio a la República y sus instituciones cuando de ellas emanan resoluciones que les resultan adversas? ¿O al mismo odio que los llevó a dividir a los argentinos en “pueblo y antipueblo”, en “militantes y gorilas”, en “nosotros o nadie”?

La historia es contundente. Recordemos el “alpargatas sí, libros no”, el “cinco por uno”, el “para el enemigo ni justicia” o el más reciente “vamos por todo”; los escraches organizados; las listas negras de periodistas; la estigmatización sistemática de la clase media y la expropiación ideológica del Estado. Todo en nombre del “modelo”, de “la Patria”, del “proyecto”.

¿Quién puede creerse el cuento de que el kirchnerismo busca “terminar con el odio”? Si son los mismos que justificaron el vaciamiento del país con un relato épico; los que nunca pidieron disculpas por los bolsos de López, las estancias de Lázaro Báez, los hoteles vacíos, las causas enterradas, las cajas fuertes que provocaban “éxtasis”, la caja de seguridad en la que la hija de la rea tenía “acovachados” cinco millones de dólares, hoy embargados por su presunto origen ilícito; los que hoy llaman “lawfare” a la aplicación de la ley y “proscripción” a una condena judicial dictada observándose todas las garantías del debido proceso.

En este marco, Sujarchuk tiene el descaro de redefinir la libertad con un sesgo paternalista y paupérrimo diciendo que, para él, libertad es “poder elegir a qué escuela o polideportivo van tus hijos”, “asistir a un centro de salud pública”, o “tener actividades culturales donde pasarla bien”, como si el acceso a bienes y servicios estatales definiera la libertad en una democracia republicana; como si la libertad no incluyera también la posibilidad de vivir sin clientelismo, sin corrupción, sin adoctrinamiento, sin miedo, expresando libremente las opiniones a través de la prensa sin que el medio sea tildado de “pasquín opositor”.

LIBERTAD, Sr. Sujarchuk, ES PODER GOZAR DE TODOS Y CADA UNO DE LOS DERECHOS Y GARANTÍAS CONSAGRADOS POR NUESTRA CONSTITUCIÓN NACIONAL.

Por eso, la libertad que está en riesgo no es la que usted invoca. La LIBERTAD que verdaderamente peligra es la que ustedes mismos pisotearon cuando persiguieron periodistas, condicionaron jueces, apretaron a empresarios y usaron el aparato estatal como arma política.

Lo que a Ud. y a su espacio les molesta no es el odio. Les incomoda que el relato se les desarme; los asusta que la Justicia avance y los privilegios cedan; no toleran que se les reclame por lo que hicieron y que, por primera vez en años, haya un intento -por imperfecto que sea- de restaurar algo de verdad y de justicia.

“La Argentina somos todos”, dijo usted. Y tiene razón. Justamente por eso, no puede seguir sosteniendo un relato que divide, victimiza a los culpables y culpa a las víctimas.

Dr. Marcelo Luis Soto