La inundación del 59…e historias, misterios y leyendas
La inundación del 59…e historias, misterios y leyendas
Por Eduardo Jorge Arcuri (ejarcuri@gmail.com)
Miguel Soto nació en 1948 en la casa de sus abuelos paternos que habitaban en el campo que hoy colinda con el actual aeroclub de Escobar, en la parte norte del barrio El Cazador, allá en los límites de la zona que conocemos como Las Vizcacheras.
Poco después del parto asistido por la comadrona que solía atender a las parturientas del lugar, cuando la madre y el recién nacido estuvieron en condiciones de viajar en sulky, regresaron a la zona de islas donde se encontraba la casa familiar con su padre y sus hermanos esperando. Desde entonces, Miguel Soto, desarrolló su niñez en tareas típicas de isleño y, a medida que fue creciendo, se formó en el trabajo de granja donde criaban caballos, algunos vacunos y otros animales de corral que les servían para comercializar y mantener la familia en condiciones de vida libre, como corresponde a todo gaucho que se precie de tal.
Pero a los once años, Miguel y su familia tuvieron que enfrentar una de las crisis más graves que azotó la provincia de Buenos Aires, peor aún para los isleños del Paraná. Fue en setiembre de 1959, cuando se produjo una fuerte sudestada que, con el aporte de intensas lluvias durante días, hicieron desbordar los ríos que provocaron una de las más grandes inundaciones que se recuerdan en Escobar y otras localidades aledañas. Las crecidas de los ríos habían dejado a la vista solo los techos de su casa y las casas vecinas. Para tener una idea más gráfica, hay que figurarse que las aguas llegaron hasta las bases de las barrancas del barrio El Cazador, provocando numerosos desmoronamientos que obligaron a que muchas quintas debieran construir paravalanchas de hormigón armado, para detener las resquebrajaduras en los pisos y mamposterías de las casas.
En los bajíos del humedal
En ese entonces, Miguel vivía con sus padres y algunos de los siete hermanos en una casita de adobe. Cuando las lluvias de aquel setiembre del ’59 se hicieron más intensas y la sudestada amenazaba una crecida importante, uno de sus tíos ayudó a la familia a trasladarse hasta los campos del senador Castilla, donde además de una casa quinta de material sobre un nivel elevado, uno de sus hijos, Enrique Castilla con sus hermanos, tenían un almacén sobre la costa del río Luján cerca del canal Santa María. El hecho de hacer mención de un almacén de ramos generales, deja entrever que eran numerosas las familias que habitaban la costa del Luján, sobre un albardón, donde antiguamente se había asentado una tribu de indios chaná o tupi-guaraní.
Recuerda Miguel que era el mes de setiembre del ’59 cuando aquel tío que vivía en las cercanías, baqueano conocedor de las condiciones climáticas en la zona, en cuanto comenzó a soplar del sudeste, advirtió que se venía la inundación bastante brava y, a modo de prevención, los rescató en un bote para llevarlos a todos a terrenos más altos.
Al día siguiente de haber sido evacuada la familia de los Soto, junto a otros vecinos como también los González, fueron acogidos por los Castilla. El agua subió hasta los dos metros de un día para el otro y sin que dejara de soplar el viento, el agua siguió subiendo. Las ráfagas eran tan fuertes que lanzaban el bote contra los pajonales y no los dejaba avanzar. «De no haber sido por mi tío que nos sacó del rancho, todos nos hubiéramos ahogado o muerto de frío» recuerda Miguel.
Con el paso de los días, el agua siguió subiendo y en cuanto aflojó el viento, el tío los llevó hasta el campo de los Torres y desde ahí los repartió en las casas de los abuelos y otros tíos que vivían en la zona de lo que hoy es Villa Vallier.
En esa tarde de amena charla entre amigos, reunidos para que yo hiciera esta nota, Miguel me contó que en uno de los recorridos que su padre hacía de a caballo, una vez yendo «hacia el fondo donde todavía el Santa María no había sido canalizado y casi llegando al Paraná», el hombre encontró un cráneo humano que nunca supieron a qué etnia habría pertenecido, y en otra oportunidad, encontraron una pieza de piedra que, debo reconocerlo, me llamó la atención cuando me la describió, dijo: «…era una piedra redonda con cinco agujeros»; al pedirle detalles, la definió del mismo tamaño que una bola de madera común, como la que suelen usar en el juego de bochas, pero que era de granito y perfectamente trabajada. Lo curioso es que en el lugar donde su padre la encontró fue en otro albardón donde había una tapera indígena y donde no hay formaciones rocosas como para hacer esa bocha, me hizo suponer que debió ser una de las piezas que solían intercambiar las tribus locales con los querandíes, que sí, ambulaban desde el sur de Santa Fe, las sierras de Córdoba, las de Tandil, nuestras zonas bonaerenses y hasta tuvieron trueques con los tehuelches. Otras veces encontraron restos de cerámicas indias que fueron guardadas en la casa hasta que, penosamente, se perdieron con la creciente del ’59.
Luego de aquellos hallazgos en la tapera, que siempre creyeron debía ser parte de un asentamiento indio que fue abandonado hacía mucho tiempo, el padre de Miguel y uno de sus tíos solían ir en busca de más hallazgos. Recuerda que su tío tenía un hierro como si fuera un estilete largo como una espada a la que solía clavar en la tierra del humedal para detectar objetos duros enterrados, así encontraron restos de cerámicas y algunos huesos humanos, pero reconoce que mucha gente había estado escarbando en busca de objetos antiguos, pero él era muy chico como para haberle prestado demasiada atención, aunque sí, recuerda los objetos que hubo en su casa y se perdieron con la inundación.
Relatos en rueda de gauchos
En la charla no faltaron recuerdos y anécdotas que Miguel nos contó. Hablamos de misterios y desaparecidos como suelen ser pasar en muchas charlas en el campo. Uno de los relatos fue cuando un paisano, posiblemente de apellido Betancur o Betancuri, viniendo del río Luján cuando todavía era importante y el Santa María ni otros arroyos le quitaban caudal como ahora —que se está convirtiendo en un río cada vez más estrecho—, el hombre debió sortear los matorrales que proliferan en el bañado para regresar a su rancho.
La noche negra lo envolvió y en sus temores de ser atrapado por los misterios que se contaban entonces, debió apurarse saltando malezas de paja brava y cortaderas. Posiblemente acobardado en la oscura inmensidad del paisaje, de pronto, lo sorprendió el resplandor de una luz sobre los humedales y considerando que podía ser «la luz mala» se lanzó aterrorizado, probablemente hacia la zona de El Cazador, pero nunca llegó. Betancuri desapareció antes de retornar a su casa. Algunos pensaron que, como ya se decía sobre los platos voladores de los extraterrestres, algo tuvieron que ver.
Lo buscaron durante mucho tiempo sin encontrar rastros de él, hasta que bastante después, un paisano conocido como «El Tungo Piñedo», viejo cazador de nutrias que había armado trampas en una de las lagunas, cuando fue al día siguiente para recoger sus capturas, se alegró al notar que la presa enganchada en el bichero era lo suficientemente grande como para darse por satisfecho.
Mayor fue su sorpresa cuando el bulto oscuro que estaba a punto de sacar del agua, eran los restos de un cuerpo humano. Sin pretenderlo, había dado con el desaparecido, desmitificando el misterio de una de las tantas leyendas de ánimas en pena, sospechas de abducciones de animales o personas por parte de extraterrestres y energías extrañas que todavía abundan en Las Vizcacheras.
Así fue como se terminó por dilucidar el misterio de la desaparición, entendiendo que, despavorido en la huida, el hombre había caído en una de las lagunas del humedal y ya no pudo salir, como suele suceder en muchos de los pantanos de la zona al norte de El Cazador, donde se encuentran los campos de Las Vizcacheras y las islas del Luján, como también sucede en las islas del Paraná, y ni hablar de las historias en el límite de nuestro partido con Campana, donde no solo hablamos del viejo almacén de los Castilla sobre el Luján, la isla flotante denominada «El Ojo» por su forma circular, que se mueve afectada por la rotación del planeta, o los barcos abandonados en medio del humedal en la quinta de los Castilla.
De la charla no solo nos entretuvo hacer un recorrido por el pasado de nuestra localidad, sino que nos llevó a considerar que esta zona que forma parte de nuestro legendario barrio, asentado en las «tierras firmes» y a la que definimos arqueológicamente como Humedal del Paraná Inferior (HPI), es un espacio cargado de historias, misterios y un futuro que nos alienta a estar preparados para cuando la naturaleza decida repetir episodios que no siempre fueron felices y cuando para nuestro abolengo geográfico, con orgullo se reconozca a nuestras barrancas, como la hipótesis más firme sobre la conquista del Río de la Plata que Pedro de Mendoza hizo en 1536.
No es sino a través de testimonios ofrecidos por tradicionales vecinos —como en este caso lo hace Miguel Soto— el modo con el que se estructuran las historias de los pueblos con vieja data como el nuestro. Gracias a este tipo de personas de bien, que aprendieron a respetar el lugar porque así se los enseñó la Madre Naturaleza, sabiendo transmitir de modo sencillo y familiar, una enseñanza no académica para los ilustrados, que nos permiten tomar conciencia sobre nuestro lugar de pertenencia, debiendo respetar nuestro medio ambiente en armonía con nuestro entorno de paisajes, nuestra fauna y nuestros vecinos humanos. Miguel Soto, aún continúa trabajando el campo, un espacio en el bañado que nos parece inhóspito y lejano, pero podríamos percibir que ese paisaje, apenas está a la vuelta de nuestras casas y nosotros somos parte de él.
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Muy interesante el relato! Gracias Eduardo!
Que bueno que alguien se toma la molestia de recordarnos donde vivimos. Historias más que interesantes por lo menos para mí. Ojalá pudiéramos leer más redacciones sobre la historia del lugar que habitamos y sus alrededores. Gracias Victor. Saludos cordiales
Hermoso e interesante relato, Sr. Arcuri!! Muchas gracias!!!;
Pregunta: UD. tuvo un familiar que vivió en el Bosque Peralta Ramos, de la ciudad de Mar del Plata???
Excelente relato Eduardo, narrado con una claridad que despierta interés. Leer este tipo de historias, además, nos permite reafirmar el valor del lugar especial en el que vivimos y nos motiva a renovar el compromiso por la defensa en la preservación de la esencia y características del barrio, su entorno natural y los humedales que lo rodean.
Agradezco al Señor Eduardo Arcuri por esta valiosísima información y especialmente por su gran mensaje de respeto a nuestro medio ambiente
hermoso! esto es actual? GRacias Arcuri!
Qué tesoro de relato!!! Gracias por compartirlo. Hace a la historia de la zona, a la pertenencia y a el respeto por el lugar, lo hermoso que nos rodea. Atesorar la naturaleza su fauna, su flora y sus características naturales es lo que debiéramos conservar, pero las erróneas decisiones políticas y el devorador sector inmobiliario están empeñados en destruir y transformar… Da mucha tristeza, con sus acciones sepultan historias, cultura y la identidad de la zona.
Aguante la ficción carajo !
Excelente relato! Muchas gracias Eduardo por compartir! Una vez más, se comprueba que la zona forma parte de un humedal natural, uno de los pocos que sobreviven a la voracidad humana que con su egoísmo de conseguir dinero y poder no para de destruir el único planeta que habitamos, aniquilando al resto de las especies y a toda la vegetación que nos permite respirar oxígeno! Hay que aplicar la tecnología actual para que el avance de la civilización conviva en armonía con la Naturaleza y no con su destrucción que terminará destruyendo nuestra propia especie! Como humanos, usemos nuestra inteligencia para cuidar y proteger a todos los ecosistemas y por consiguiente al medioambiente, que permite que sigamos vivos! En la actualidad existe la tecnología aplicada al impacto que tendrá cualquier proyecto inmobiliario sobre el medioambiente! No hay excusas para destruir nuestros humedales!
Muy buen relato Eduardo, me toca muy de cerca ya que mi padre, que tenía una explotación forestal en la márgen del Santa María , nos llevaba a esa región misteriosa con antiguos asentamientos de pueblos originarios.
Eramos pequeños Arqueólogos fascinados.
Nuestro Padre gestionó la continuidad del canal SM que finalmente se completó. La gran inundación fue tremenda y la vivimos muy de cerca aunque no vivíamos allí. Pero si la gente que trabajaba en esos días, durante unos días vivieron con nosotros algunos de ellos en nuestra casa de Bella Vista.