Funcionarios todopoderosos

 

Son las doce de la noche del 31 de diciembre. El año nuevo irrumpe entre ruido, música y brindis. Estallan los fuegos artificiales, se cruzan abrazos, deseos de prosperidad, promesas renovadas. La alegría ocupa el aire.

Pasan los minutos. Luego las horas. La madrugada del primer día del año comienza a aquietarse. Muchos regresan a sus hogares, otros se rinden al sueño, y poco a poco todo vuelve a la normalidad habitual.

Todo, excepto en una propiedad en el barrio El Cazador.

Allí la música no cede. El ruido persiste. El karaoke y los festejos continúan como si el tiempo no existiera. Son las tres de la mañana, las cuatro, las cinco. Los vecinos, exhaustos, ya no saben qué hacer.

Hasta que algunos toman el celular y llaman, casi implorando, a distintas fuerzas de seguridad.
—Llamamos a Ojos y Oídos en Alerta —relatan—. Vinieron, hicieron sonar la sirena y, desde adentro, respondieron con música de The Police, mientras gritaban al ritmo del karaoke “The Police”, en un gesto de ironía, sarcasmo y prepotencia.

Nada pudieron hacer. A las 5.30, finalmente, la fiesta terminó.

Durante toda la noche, nadie pudo —o quiso— intervenir. Y la razón era tan simple como brutal: el organizador no era solo un amigo del poder. Era el poder mismo. Un hombre fuerte de la actual administración municipal, estrechamente ligado al intendente.

Listo. Los discursos vacíos sobre democracia, igualdad y convivencia quedaron guardados en el cajón de la mesa de luz. La impunidad se expresó sin pudor ni disimulo.