Esperar el colectivo: la rutina del abandono

Para quienes no disponen de movilidad propia, el colectivo no es una opción: es una necesidad. Depender del transporte público no debería ser un problema en sí mismo. Lo sería menos aún si Escobar —y, en general, el conurbano bonaerense— contara con un sistema cómodo, seguro y, sobre todo, puntual. Pero es precisamente la falta de puntualidad lo que se ha convertido en una desgracia cotidiana para miles de pasajeros.

La escena se repite con demasiada frecuencia. Paradas llenas, miradas impacientes, celulares en la mano y una pregunta que circula sin respuesta: ¿vendrá?
“Hace una hora y media estoy esperando el 276 desde Pilar hacia Escobar, El Cazador o Paraná. Ninguno. Esto está cada vez peor”, escribió un pasajero en redes sociales. Si se tratara de un hecho aislado, podría tolerarse. El problema es que no lo es.

La gente va a trabajar, lleva a sus hijos a la escuela, cumple horarios, paga el boleto y llega puntualmente a la parada. En días de lluvia se moja, se embarra, arruina la ropa antes de empezar la jornada. A cambio, recibe colectivos antiguos, muchas veces sin aire acondicionado, y un servicio irregular que no ofrece certezas. Algunos choferes, cansados o malhumorados, descargan su enojo en los pasajeros. Otros —también es justo decirlo— hacen lo que pueden, se disculpan y hasta ayudan a subir a quien lo necesita. “Los choferes no tienen la culpa de que las empresas reduzcan las unidades”, aclara con razón una vecina.

Cada día trae una nueva experiencia, casi nunca agradable. “Ayer para venir del Paraná demoró dos horas. El siguiente tardó una hora y media y solo llegó hasta Matheu. Las paradas llenas. Los que trabajamos, ¿qué hacemos?”, se pregunta otra usuaria. Desde Luján llegan quejas similares: “Esperás desde las cuatro de la tarde y recién a las siete sale un colectivo hacia Escobar”.

Cuando alguien pregunta por horarios, la respuesta suele ser la ironía amarga, esa que duele porque es verdad: “Sacá la reposera y esperá”, “El horario es esperar a que llegue”, “No hay horarios exactos”.

La desorganización es tal que, a veces, tras horas de espera, pasan dos o tres colectivos juntos. Otras veces, directamente no pasa ninguno. Y en ese vacío aparecen relatos aún más graves: pasajeros que denuncian consumo de alcohol o drogas en algunas unidades durante los fines de semana, situaciones que generan temor y enojo. Sin embargo, también surge otra voz, más cauta, que expone la falta de controles: “No es tan fácil bajar a alguien. Después te puede pasar algo. Detrás de nosotros hay familia. El Estado no controla”», asegura un colectivero.

Mientras tanto, la rutina continúa. Paradas llenas, horarios inciertos, trabajadores que esperan. Porque para muchos vecinos del Partido de Escobar, el problema no es llegar tarde: es no saber si van a llegar.