«Escobar querido, dame un servidor de Estado, al estilo uruguayo»

Patria querida, dame un presidente como Alan García”. Muchos adultos recordarán aquel eslogan pintado en las paredes porteñas durante los años ’80, cuando sectores del sindicalismo peronista lo enarbolaban como un desafío al gobierno de Raúl Alfonsín. García, entonces presidente del Perú, se había convertido en un símbolo regional de rebeldía por su negativa a pagar la deuda externa en los términos impuestos por los organismos financieros internacionales.

Hoy, con otra realidad y desde otra esquina del mapa, nos permitimos parafrasear aquella consigna con una dosis de nostalgia y otra de esperanza: Escobar querido, dame un servidor de Estado, al estilo uruguayo».

La frase cobra sentido al leer las recientes publicaciones de la prensa uruguaya sobre la declaración de bienes del flamante presidente Yamandú Orsi, un ejercicio de transparencia que en Uruguay es rutina, no excepción. Según el informe oficial, Orsi figura como propietario de una casa valuada en unos 145.000 dólares. Su esposa, Laura Alonsopérez, posee otra de 78.000. El mandatario cobra un sueldo líquido de aproximadamente 13.000 dólares mensuales. Tiene ahorros bancarios por unos 35.000 dólares, y maneja una camioneta Nissan del año 2022, valuada en poco más de 20.000 dólares. Su patrimonio neto totaliza alrededor de 295.000 dólares.

Todo claro, prolijo, sin eufemismos ni zonas grises. Y, lo que es más importante, sin despertar sospechas. Prácticamente un clásico en la cultura política uruguaya: la austeridad como valor y la rendición de cuentas como norma.

¿Y qué sucede de este lado del charco, en nuestro Escobar? Es evidente que muchos funcionarios locales poseen autos de alta gama y propiedades de considerable valor. Algunos, probablemente, hayan amasado su patrimonio a lo largo de años de trabajo en el sector privado, antes de asumir funciones públicas. Porque, en teoría, el ejercicio de cargos estatales —aunque mejor remunerado que el promedio— no debería permitir acumulaciones tan notorias.

Pero la sospecha sobrevuela. Es parte del aire que respiramos. No hay una cultura del «mostrar» sino del «ocultar», como si lo público fuera una carga y no una responsabilidad. La desconfianza ciudadana se multiplica cuando la transparencia escasea, y ese silencio administrativo frente a lo que deberían ser datos abiertos no hace más que alimentar el descreimiento.

Por eso la comunidad duda.
Por eso los funcionarios prefieren no hablar de sus patrimonios.
Por eso se naturaliza la opacidad.
Por eso, tener en Escobar gobernantes con espíritu —y estilo— uruguayo no es una utopía, sino un pequeño sueño posible. Y necesario.