¿Es Escobar un territorio amigable para los ciclistas?

Días atrás, el intendente Sujarchuk preguntó en sus redes sociales: “¿Ya conocés Las Bicis?”, en referencia al sistema articulado entre la Municipalidad de Escobar y la inversión privada del Banco Macro para que los vecinos recorran el distrito “de forma saludable y sostenible”.

Según la información difundida por el jefe comunal, el Partido de Escobar cuenta con 32 estaciones distribuidas en Garín, Belén de Escobar e Ingeniero Maschwitz, equipadas con 190 bicicletas con GPS y paneles solares “para tu seguridad”. Las unidades pueden utilizarse de lunes a viernes de 6 a 22 horas, y los sábados y domingos de 8 a 21. El registro es sencillo: basta con descargar la aplicación Escobar 360 desde App Store o Play Store y completar los datos.

La pregunta que da sentido a esta iniciativa es tan sencilla como crucial: ¿están realmente dadas las condiciones para que Escobar pueda considerarse un territorio amigable para los ciclistas?

Para que la bicicleta sea una alternativa de movilidad segura y viable, el estado del tránsito y de la infraestructura vial resulta determinante. Y en Escobar, esas condiciones rara vez se cumplen. En numerosos barrios, circular se convierte en una odisea: no solo por los pozos —profundos o apenas insinuados— sino también por el uso de escombros en supuestas “mejoras” viales. Piedras sueltas, superficies irregulares y traicioneras que pueden desestabilizar incluso al ciclista más experimentado y transformar un paseo en un accidente anunciado.

Las calles principales de los barrios, por lo general angostas y con tránsito intenso, tampoco ofrecen un entorno adecuado. Son varios los ciclistas que han debido enfrentar situaciones de riesgo —incluidas caídas— al compartir carriles estrechos con automóviles, camiones o colectivos.

Salir del barrio para llegar a un centro urbano implica, casi inevitablemente, circular por rutas pensadas exclusivamente para vehículos motorizados. Son escasas las que cuentan con bicisendas. Y cuando el destino son polos turísticos como Luján o el Paraná, la travesía se convierte directamente en una exposición innecesaria al peligro. No existe una prohibición formal para circular en bicicleta en esas direcciones; ninguna señal lo impide. Pero el sentido común aconseja prudencia.

Algo similar ocurre en arterias como la calle Libertad, donde incluso en horarios nocturnos, con iluminación deficiente y sin elementos de seguridad visibles, se observa a ciclistas desplazándose como pueden, prácticamente librados a su suerte.

En los centros urbanos, y especialmente en las avenidas principales, el panorama no mejora. Sin bicisendas ni señalización específica, el ciclista queda relegado al margen de una dinámica de tránsito que no lo contempla. Invisible, vulnerable, expuesto.

La iniciativa municipal intenta replicar una política que tuvo su origen y desarrollo en la Ciudad de Buenos Aires: el sistema de alquiler de bicicletas. La idea, en sí misma, es valiosa. Pero allí fue acompañada por una extensa red de ciclovías y carriles protegidos que otorgaron sustento a la propuesta. En Escobar, en cambio, se implementó el alquiler sin una evaluación integral del contexto en el que esas bicicletas deberían circular. El resultado es, al menos, discutible.

Ojalá Escobar pudiera emular a países como China u Holanda, donde la bicicleta constituye un medio de transporte masivo: silencioso, saludable, económico y ecológico. Pero para ello es indispensable construir primero la infraestructura que garantice desplazamientos seguros. No alcanza con exhibir novedades como si se tratara de una vidriera de marketing; sin planificación estructural, las buenas intenciones pueden derivar en consecuencias no deseadas.

Promover el uso de la bicicleta es una política saludable y moderna. Pero para que sea efectiva, debe estar acompañada por condiciones reales de seguridad e infraestructura. Sin ellas, la pregunta inicial seguirá abierta.