El polvo que enferma, ensucia y multiplica el riesgo de accidentes

Los días de sequía vuelven a poner en evidencia una problemática estructural que, lejos de ser coyuntural, se repite año tras año en los barrios con calles de tierra. Para quienes viven allí, el polvo no es una molestia pasajera: es parte de la vida cotidiana. Entra a las casas, se posa sobre muebles, ropa y alimentos, y —lo que es aún más grave— se respira. Sus consecuencias en la salud son innegables, sobre todo en personas con afecciones respiratorias, niños y adultos mayores, que ven agravados cuadros de asma, alergias o bronquitis.

Pero el problema no se agota en el interior de los hogares. En la vía pública, el polvo se convierte en un factor de riesgo permanente. Las nubes que se levantan con el paso de los vehículos reducen la visibilidad a niveles alarmantes: a veces no se distingue qué ocurre a pocos centímetros de distancia. La escena es tan cotidiana como peligrosa. No se ve nada y, en ese contexto, el riesgo de un siniestro vial deja de ser una posibilidad para transformarse en una amenaza concreta.

Este escenario se repite con particular intensidad en el camino vecinal que conecta la Ruta 25  en dirección al puerto gasífero, un corredor clave para vecinos y trabajadores. Allí, la imprudencia de algunos conductores termina de completar un cuadro preocupante.

«La polvareda es generada  por un relleno realizado hace pocos meses con escombros de obra muy frágiles», asegura una vecina de la región. «Depositados con mínimas tareas de nivelación, sin ningún otro tratamiento, esos escombros han sido reducidos en poco tiempo a un polvillo muy fino similar al talco. Pasando incluso a velocidades inferiores a 10 km/h, la densa nube de polvo dificulta la visibilidad, hace altamente insalubre el tránsioto a pie o en bicicleta, y muy peligroso el tránsito en automóvil. Ese fino talco además se deposita en gruesas capas sobre la vegetación a ambas márgenes del camino, provocando un peligroso resecamiento de las plantas, lo que implica un altísimo riesgo de incendio forestal en una zona rica en vida vegetal y animal, en perfecta convivencia con la presenia humana. Por favor, prevengamos desastres, estamos a tiempo».

“Hoy el polvo que se levanta nos obliga a bajar la velocidad cuando viene otro auto, porque perdemos totalmente la visibilidad. No sabemos si hay un vehículo adelante o si viene otro por detrás. Acabo de ver dos autos que venían a gran velocidad y que no chocaron de frente por pura casualidad”, relata un hombre. Y remata con una observación tan simple como reveladora: “Ni hablar de quienes, al ver gente caminando, no reducen la marcha y los bañan de polvo”.

La bronca vecinal no es nueva. “Esta calle siempre fue un desastre y la Municipalidad no hace nada”, sostiene una vecina, con una mezcla de resignación y enojo. “Estamos en un lugar apartado y quedamos en el olvido”. Cuando se le señala que esta misma situación afecta a numerosos barrios del partido —incluso a zonas densamente pobladas y cercanas a los centros urbanos—, la respuesta es un gesto de fastidio: el abandono, cuando se prolonga, deja de consolarse con comparaciones.

El problema adquiere una dimensión aún más delicada cuando se piensa en una eventual emergencia. “Si pasara algo grave, sería muy difícil que una ambulancia, un patrullero o los bomberos puedan ingresar con rapidez”, advierte. Y suma un elemento inquietante: “También es llamativa la aparición de autos incendiados tanto sobre la Ruta 25 como en este camino. Lo más extraño es que no se detecte a los responsables y que esos vehículos permanezcan semanas sin ser retirados”.

Polvo, imprudencia, abandono y ausencia de respuestas oficiales conforman un cóctel peligroso. Uno que no distingue barrios ni geografías, pero que golpea con más fuerza allí donde la tierra reemplaza al asfalto y el reclamo vecinal parece diluirse, igual que la visibilidad, en una nube espesa de desidia.