Conectar para Desconectar, ¡nuestro Rincón Literario!

Bienvenidos a «Conectar para Desconectar», un Rincón Literario donde podrás viajar por nuevas sensaciones y emociones a través de notas y poesías de autores locales.

Coordinadora: Rita Frank (Instagram: @alquimiaesarte // Wtsp: 348 4 205 203)


Temores

La gente teme a la gente.

Supone, prejuzga, se aleja, se silencia.

Imagina situaciones, inventa respuestas.

La gente teme hablar, acercarse, preguntar, aclarar, saber…

Y en ese miedo

pasa la vida.

Se apagan palabras,

se enfrían abrazos

se mueren historias

por no ser contadas.

¿Y si un día rompemos el miedo?

 ¿Y si nos animáramos a hablar?

Tal vez descubriríamos que entre dos temores

no solo cabe un abismo

sino también un puente.

Rita Frank


La última muerte de Belén

(Antificciones que desbordan)

Tendría menos de 16 cuando, sentados en el banco empotrado sobre la pared de 2° 1° del turno noche, Belén me contó que estaba triste porque su novio, a quien amaba, solía golpearla con frecuencia.

Era la atmósfera que la envolvía, “Mami se fue de casa” me había dicho, una manera insensible y expeditiva para salvaguardarse de las piñas. Su padre era alcohólico y golpeador.

El colegio era una evasión provisoria a su desdicha. Estaba promediando el 1°1° al igual que  sus compañeras: Aylén, Gubi, Karen, todas  del barrio Carlos Mugica.

Al año siguiente, ya en 2°, el novio era otro pero, los golpes continuaban.

La mirada melancólica destacaba en su rostro cetrino y la dulzura de su voz  suavizaba los relatos más atroces.

Consciente de sus tribulaciones parecía dispuesta a sacrificarse en el altar de sus aspiraciones, graduarse, “ser alguien”. Estudiar como en una búsqueda de redención.

Belén no pudo concluir el año, se perdió, engrosando la estadística del abandono.

Al año siguiente Gubi ancló en su provincia natal sin dinero y un embarazo incipiente. Aylén y Karen la pelearon. La primera pasó y la segunda claudicó en el final.

Mientras tanto Belén comenzó a desandar el laberinto de su martirio, comenzó a consumir paco, el veneno del escalón más bajo que se reserva para la juventud villera.

Siempre que veía a alguna de sus amigas, (que sobrevivían una en tercero y otra, de nuevo, en segundo),  preguntaba por Belén. «Se fue a la mierda», me decían con indisimulada tristeza. “Quisimos hablar con ella”, “no nos escucha”.

¿Gubi? Iría a parir de un momento a otro.

«El padre la terminó echando de la casa».

Belén se confundía, con los que revuelven basura deambulando como zombies las estrechas calles de la 31. «Fisuras», «paqueros» habitantes de ese submundo lóbrego disimulado detrás de la Av. Libertador.

Pero a veces esa incerteza que llamamos destino permite permear por algún resquicio del determinismo un dejo de esperanza y, contrariando la lógica, Belén pudo superar ese trance. Un nuevo novio, distinto, que la sacó del barrio, la ayudó en su internación y le dio a sus ojos negros un nuevo brillo de esperanza.

A mediados de año la vi esperando su turno para entrar a la secretaría y me dio una alegría enorme. Nos abrazamos y reímos. “Venís a anotarte” le dije, casi afirmando. No profe, me voy, vine a pedir el pase, quiero retomar en otro lado, algo diferente.

Comprendí, le dije que me parecía genial y un montón de palabras de aliento. Un nuevo y emotivo abrazo selló la despedida.

Con Karen, en tercero y un hijo recién nacido, Gubi que viene con su pareja (y a veces su pequeño) para ver si superan segundo, con Aylén abandonando por segunda vez consecutiva la valla de tercero no volvimos a hablar de Belén.

Anhelaba, presentía, que le estaba yendo bien, que la trama de su desdicha se había interrumpido y prudentemente me pareció que era bueno “olvidarla”.

Sin embargo los medios me trajeron su nombre.

La crónica relataba sobre un suceso en el barrio de Retiro.

El femicidio de una joven de 19 años, con arma blanca, a manos de su pareja.

La joven se llamaba Belén.

Buenos Aires. 2015

Carlos Gamboa