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Conectar para Desconectar, ¡nuestro Rincón Literario!
Conectar para Desconectar, ¡nuestro Rincón Literario!
Bienvenidos a «Conectar para Desconectar», un Rincón Literario donde podrás viajar por nuevas sensaciones y emociones a través de notas y poesías de autores locales.
Coordinadora: Rita Frank.
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Mi novia me come
Mi novia me come.
Me ama tanto que me come.
Me devora lentamente.
Empieza por mis dedos.
Luego el resto de mis manos.
Más tarde ataca mi cuello y sube a mi boca.
Devora mis labios, mi lengua.
Después se come el resto de mi ser.
No deja nada afuera:
ni mi cuerpo, ni mis pensamientos,
ni mis prisas, ni mis necesidades,
ni mis metas, mis sueños, mis fantasías, mis deseos.
Todo mi ser ahora está dentro de ella.
Ella se sienta en el sofá, con su vientre hinchado.
Suspira.
Se frota la panza.
Cierra los ojos y hace la digestión.
Mi familia está preocupada.
Hace días que no saben nada de mí.
Comenzaron la búsqueda.
Dieron aviso a la policía.
Hicieron un afiche con mi cara, mi nombre
y la palabra en mayúscula: PERDIDO.
Mi novia prendió la tele y me vio en el noticiero,
en los ojos rojos de mi madre.
Lloraba desconsolada.
Le dijo a los periodistas que me extrañaba.
Miró a la cámara y me habló directamente:
—Volvé a casa, hijo.
Mi novia sintió unos golpecitos en su panza.
Entonces agarró el celular y llamó a mi familia.
—¿Dónde está mi hijo, conchuda? ¡Lo tenés secuestrado!
—No, señora, no es así.
—Sí, es así. Sos una secuestradora. Una pendeja manipuladora. ¡Decime ya mismo dónde está!
—Está acá, pero yo no lo secuestré.
—¡Hijo! ¿Dónde estás? ¡Hijo!
—Señora, espere, ¿qué hace revolviendo mis cosas?
—Hijo, decime dónde estás, por favor hijo, vine a rescatarte.
—¡Señora basta! ¡Ubíquese un poco! Su hijo está acá, pero no lo va a encontrar revolviendo la casa.
—¿Entonces?
—Su hijo está dentro de mí.
—¿Cómo así?
—Me lo comí.
Todo lo que entra tiene que salir.
Ese es un dicho popular con una carga poética que pocos comprenden.
Todo lo que entra tiene que salir.
Yo entré, y también debería salir.
Hacía años que no veía a mi familia entera reunida:
mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis abuelos, mis sobrinos.
Ella se frotaba su panza hinchada.
Mi mamá le preguntó si ya era el momento.
Ella se concentró, pero le dijo que no.
Entonces le ofrecieron laxantes.
Los tomó, y esperó ante la mirada expectante de todos.
Al cabo de un rato, volvieron a preguntar:
—¿Y ahora?
—Todavía no —dijo ella.
Pensaron un momento, hasta que alguien tuvo una idea.
Le cebaron unos mates tibios.
Ella tomó tres.
Al tercero, sintió un revoltijo fuerte.
Asintió con la cabeza.
Mi familia se exaltó de alegría.
Armaron carteles y pancartas que decían:
“Bienvenido”, “Te extrañamos”.
Mi novia extendió los brazos, abrió grande los ojos,
abrió grande su boca,
abrió grande todo su entero ser.
Mi familia observaba.
Ella arrugó la cara.
Mi familia levantó los carteles.
Ella hizo fuerza.
Mi familia vitoreó mi nombre.
Ella más fuerza.
Mi familia se acercó.
De mi novia comenzaron a salir colores.
Palabras.
Frases que al principio parecían inconexas,
pero que, escuchadas varias veces,
cobraban sentido.
También salieron sensaciones
que corrían por los cuerpos de todos,
erizándoles la piel,
cosquilleándoles la cara,
arrancándoles carcajadas.
Por último, salió una melodía.
Exquisita.
Parecía escrita por el mismísimo Dios.
Al escucharla, todos sintieron una paz sin comparación.
Cuando todo eso salió,
mi novia se recostó en el sofá, exhausta.
Mi familia guardó las pancartas,
y de a poco fueron yéndose a sus casas.
Y yo…
Comencé a llenar el aire.
Con mi nombre.
Hugo Frankenstein
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