Breves locales: «No existimos»; aeródromo se colmó de público; cruce por destrucción de árboles
«Pese a meses y años de reclamos, no existimos»
Hoy llovió en el Partido de Escobar. No fue un aguacero interminable, fue apenas un intenso chaparrón. Sin embargo, bastó para que varios vecinos volvieran a sentir ese viejo sabor amargo que deja el agua cuando, en vez de calmar, desborda. Algunos lo dijeron sin rodeos, casi con resignación: “No llovió nada. pero cada vez se inunda más fácil”. Otros, con una mezcla de bronca y cansancio: “En Escobar caen dos gotas y se inunda todo. Mucho microestadio, pero no pueden solucionar el tema de los desagües”. Entre esas voces apareció la de Nancy, una vecina que suele pensar en voz alta en Periódico El Cazador y en las redes del distrito. Sus palabras, siempre precisas, como quien observa la realidad con un lápiz fino y sin concesiones, resonaron con especial fuerza en las últimas horas: “Es una vergüenza cómo vivimos en Escobar… Hay cuadras que antes no se inundaban y, desde hace una década y media, o menos, sí. Alberdi se llena de agua en minutos, y lo mismo pasa con Tapia de Cruz, justo en la cuadra de la plaza y de Coto. Ni hablemos de los barrios alejados.” Luego recuerda lo que, para muchos, se ha vuelto un símbolo perfecto de la desidia: el famoso plan de “asfalto” de la calle Galileo. “Y lo digo entre comillas —explica— porque no es asfalto real, es apenas una capa sobre la tierra y, con suerte, una plancha de hierro”. El municipio había prometido llegar “hasta Gelves”. La realidad, como tantas veces, tomó otro rumbo. “¿Adiviná qué pasó? La última cuadra, entre San Lorenzo y Gelves, jamás la tocaron. Cuando preguntamos, la municipalidad dijo que la empresa se equivocó y asfaltó otra calle. Así quedó.” Nancy lleva ocho años —o quizá más; ya hasta la memoria se desgasta— pidiendo el cambio de los caños en la esquina de su casa para no inundarse en cada tormenta. No obtuvo respuesta. Lo mismo ocurre ahora con la limpieza de la zanja en San Lorenzo. “En las publicaciones de la UGC —cuenta— ves que hacen algo hasta la calle Moreno. Después de eso, pese a meses y años de reclamos, no existimos.” Su testimonio concluye como una postal cruda del Escobar profundo, ese que muchas veces no entra en los discursos oficiales: “Así —y peor— se vive en los barrios alejados de Escobar.”
El Aeródromo se colmó de público

Yo titularía: «El Aeródromo, el colmo del derroche del erario público»
Si la nota sobre los árboles se refiere a los que fueron recientemente talados en el lote ubicado en la esquina de Kennedy y Rosas, es totalmente inadmisible y repudiable que se produzcan hechos de esta naturaleza. Estos árboles estaban en excelente estado de salud y eran frondosos, pero el capricho de un obstinado vecino ha llevado a que hoy el barrio pierda dos hermosos ejemplares añejos.
El descontento entre los vecinos ha sido profundo; muchos solicitaron la intervención del municipio. Sin embargo, en lugar de obligar a reparar el daño causado a los árboles mutilados, el municipio, a través de su director de espacios públicos, Mauro Jumerosky, decidió dar un ultimátum y permitir la tala de estos árboles.
El barrio cuenta con una ordenanza que prohíbe explícitamente quemar, talar o dañar la flora, pero aun así, algunos parecen desconocer la ley. Lo más preocupante es que la municipalidad no detenga este tipo de arboricidio; parece que las normas sancionadas son solo palabras vacías o de cotillón.
Quienes elegimos vivir en el barrio Parque El Cazador lo hicimos precisamente por sus características paisajísticas, entre otros motivos. Por ello, no debemos permitir este tipo de masacres. No podemos permitir que prevalezcan la ignorancia y el egoísmo de unos pocos, ya que los árboles son un bien común.
Cada árbol que se tala representa un pedazo de barrio que desaparece, un fragmento de vida que se apaga. Defenderlos es promover la vida.
Exigimos al municipio, que se enorgullece de ser sostenible, que tome cartas en el asunto y haga cumplir las normas vigentes para evitar daños irreparables
Es posible que a algunos les parezca exagerado quejarse por la tala de unos pocos árboles, pero reflexionemos por un momento sobre qué sucedería si en cada lote de nuestro barrio decidimos eliminar un par de árboles bajo distintas excusas. Sin duda, el barrio perdería su identidad y, lo que es más importante, también los beneficios ecosistémicos que estos aportan.
Un entorno con escasez de árboles enfrenta temperaturas más elevadas (conocido como efecto isla de calor), calidad del aire deteriorada, mayor contaminación acústica, incremento del riesgo de inundaciones y pérdida de biodiversidad, entre otros problemas. La deforestación impacta en nuestra vida cotidiana de manera sutil, afectando gravemente el equilibrio ambiental.
Es crucial que estemos alertas; la deforestación es una urgencia ambiental silenciosa que a menudo pasa desapercibida. La infraestructura verde urbana proporciona servicios esenciales tanto para nuestra salud como para el medio ambiente, incluyendo la mitigación del cambio climático.
La pérdida de árboles o su gestión inadecuada constituyen una amenaza directa al derecho de todos a disfrutar de un ambiente sano. Hoy más que nunca, necesitamos MÁS árboles, y una de las soluciones para preservarlos radica en la participación activa de la ciudadanía. No podemos permanecer indiferentes ante los arboricidios.
La deforestación y la falta de reforestación representan amenazas significativas para nuestro entorno, la salud pública y la economía. Un barrio enriquecido con árboles no solo nos ayuda a mitigar los efectos del cambio climático, sino que también mejora la calidad de vida de todos sus habitantes.