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IA en Escobar: Cuando la eficiencia no baja impuestos
IA en Escobar: Cuando la eficiencia no baja impuestos
El municipio ahorra un 98% de tiempo administrativo, pero el costo del Estado sigue intacto. ¿Modernización o maquillaje digital?
La Municipalidad de Escobar anunció, con un orgullo casi religioso, que incorporó inteligencia artificial en el área de Compras Públicas y que, gracias a ello, redujo los tiempos administrativos en un 98% ahorrando más de 700 horas de trabajo técnico especializado.
Si tenemos en cuenta que los días laborables son 5 por semana y que la jornada laboral es de 8 horas, las 700 horas referidas por el alcalde representan algo así como 87 días de trabajo, equivalentes a 4 meses, lo cual nos colocaría ante un milagro tecnológico digno de Silicon Valley si no fuera porque ocurre en un municipio donde la presión fiscal sigue intacta -y en aumento-, el organigrama no se achicó ni un milímetro y el contribuyente no vio -ni seguramente verá- un solo peso de alivio.
Ante la inevitable e incómoda pregunta de por qué -si pese a la reducción de “tiempo humano- sigue haciendo falta la misma cantidad de humanos para realizar el trabajo, el gobierno municipal se apresuró en emitir un comunicado oficial aclarando que la IA no reemplazó personas. Entonces, como diría mi abuela Emilia, ¡ahí está la madre del borrego!: la confesión del delito intelectual. Porque si una herramienta permite ahorrar 700 horas de trabajo y, aun así, nadie sobra, lo que queda al desnudo no es la eficiencia del presente sino la ineficiencia obscena del pasado, sostenida con las gabelas con que se esquilma al vecino.
Escobar no ahorró plata. Ahorró tiempo ocioso. Y decidió no devolver nada. Según la épica municipal, ahora se redactan pliegos en minutos, se detectan inconsistencias normativas casi instantáneamente y se responden consultas en un abrir y cerrar de ojos. Todo fantástico, pero la realidad es que el costo del Estado sigue siendo el mismo. Si el contribuyente paga por un aparato que trabaja mucho menos y cobra lo mismo -o quizás más- que antes, eso no es modernización; es maquillaje digital de una estructura inflada.
La IA, nos dicen, elevó la calidad institucional. Lo que no elevó ‑lamentablemente- es la valentía política para hacer lo que cualquier gestión mínimamente honesta haría frente a semejante ganancia de productividad: reducir personal, achicar estructuras y, al bajar los costos, reducir impuestos. Pero no. En Escobar, la inteligencia artificial llega hasta la puerta del despacho… y ahí se queda esperando, porque si la eficiencia fuera tomada en serio, la lógica llevaría a una conclusión peligrosa: con semejante nivel de automatización, sobran capas enteras de funcionarios, coordinadores, directores y asesores. Y si se llevara el razonamiento hasta el final, incluso el propio intendente podría ser visto como un costo prescindible. Nada personal: pura matemática.
Pero no nos engañemos. La IA fue incorporada con una condición tácita pero sagrada: no tocar a nadie. Ni a un administrativo, ni a un director, ni -Dios nos libre- al príncipe gobernante. Es una herramienta revolucionaria siempre que no produzca ninguna revolución real.
Así, mientras que por un lado Escobar se proclama “referente regional” en compras públicas, por otro sigue siendo un caso digno de estudio sobre cómo usar tecnología de punta para conservar prácticas del siglo pasado. Mucho algoritmo, mucha trazabilidad, mucho tablero en tiempo real… pero el Estado sigue siendo el mismo obeso de siempre, alimentado por vecinos que son obligados a pagar sin chistar.
La corte de Su Majestad Imperial Ariel Sujarchuk Iº, puede quedarse tranquila: la inteligencia artificial llegó al municipio, pero sin el acompañamiento de la inteligencia política necesaria para achicar el Estado, bajar impuestos y dejar de tomarle el pelo al contribuyente.
Dr. Marcelo L. Soto
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