Conectar para Desconectar, ¡nuestro Rincón Literario!
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Bienvenidos a «Conectar para Desconectar», un Rincón Literario donde podrás viajar por nuevas sensaciones y emociones a través de notas y poesías de autores locales.
Coordinadora: Rita Frank (Instagram: @alquimiaesarte // Wtsp: 348 4 205 203)
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Un hombre está sentado en el banco de una plaza. Sostiene en sus manos un ramo de rosas. El hombre, que seguramente se llama Hugo, se lleva la palma de la mano a la boca para oler su aliento. Luego revisa si su ropa no está arrugada, si no huele mal. Mira sus zapatos. Sonríe. Espera. Mira a ambos lados.
Hay mucha gente en la plaza a pesar de ser un día fresco. Una anciana se acerca al muchacho que se llama Hugo porque le da ternura la escena. —¿Joven, espera a su novia? —pregunta la anciana. —No —responde—. No tengo novia. Pero estoy esperando al amor de mi vida. O sea, a mi futura novia.
—Ah, entonces tiene una cita. —No realmente. No hablo con mucha gente últimamente. Lo que sucede es que hoy me levanté con una corazonada muy fuerte. Hoy va a aparecer el amor de mi vida en esta plaza y aquí estoy, listo para esperarla. —Ah, entiendo. Bueno, no lo molesto más. Siga esperando, joven.
Hugo ve a la anciana alejarse. Observa que se cruza con otra anciana. Se saludan. Charlan. La anciana lo señala. Ambas se matan de risa. Hugo sabe que se están burlando de él. Pero no le importa. Él es un hombre de fe. Y la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Él sabe que su compañera de vida está próxima a aparecer.
Y podríamos decir que esperó. Esperó mucho. Esperó tanto que las hermosas flores en sus manos comenzaron a marchitarse. Sus pétalos se fueron oscureciendo y encogiendo hasta quedar como un pequeño puñado de hojas secas. Sus músculos empezaron a entumecerse. Al principio fueron las piernas, luego la espalda, después el cuello. Su ropa comenzó a llenarse de polvo.
Los días se volvieron semanas. Las semanas meses. Sus ojos, cansados de vigilar cada rostro que pasaba por la plaza, se cerraron poco a poco. Pudo ver la noche haciéndose día, y el día haciéndose noche una y otra y otra y otra vez. Los pájaros se posaron sobre el banco. Las estaciones cambiaron. El verano trajo calor. El otoño hojas secas. El invierno un frío silencioso.
Su cuerpo se inclinó lentamente hacia un costado hasta caer sin fuerzas para moverse. Y aunque ya no tenía conciencia, su cuerpo siguió esperando. Pasó tanto tiempo que su carne comenzó a desaparecer, primero lentamente, casi con pudor, como si el mundo no quisiera interrumpir su espera. La piel se volvió pálida, luego frágil, luego apenas un recuerdo. Sus ropas se fueron desgastando con los años, debilitadas por el viento, la lluvia y el sol.
Hasta que, con el paso de incontables días, sus pálidos huesos quedaron al descubierto sobre el banco de la plaza. Pero todavía sostenía el ramo.
Y en los días soleados, cuando la luz del mediodía atraviesa los árboles de la plaza, el sol hace brillar suavemente sus huesos blancos. Durante un instante parecen casi luminosos entre las sombras del follaje.
Y lo curioso es que las parejas enamoradas empezaron a sentarse en el pasto frente al banco para contemplar el esqueleto. Aunque nadie sabía muy bien por qué.
Hugo Frankenstein – @cuentistaborder
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