«Smart city» de Seúl, «Dumb city» en Escobar: galardones en Asia para una gestión que falla en lo elemental

La Inteligencia Artificial no previene la desidia.
Mientras el Intendente Sujarchuk posa en Seúl recibiendo el galardón al «Liderazgo» en el certamen Smart Life Week -premiado por el Gobierno Metropolitano surcoreano y la Organización Mundial de Ciudades Inteligentes por transformar el municipio mediante Inteligencia Artificial-, los vecinos de Escobar siguen enfrentando los riesgos de un entorno urbano sin mantenimiento elemental.
Ciertamente, en los centros de convenciones de Corea del Sur y en las futuras escalas en China, el modelo Escobar resplandece. Algoritmos, asistentes virtuales y cámaras de última generación componen el catálogo de una «ciudad inteligente». Pero en el suelo de Escobar, donde no rigen los algoritmos sino la física más elemental y la desidia municipal, la realidad es letalmente distinta.
Una rama que se desprende y mata a una vecina en la entrada de El Cazador; un poste de servicios en mal estado que cae y mata a una joven en Garín; otra rama que cae y mata a una ciclista en el Camino de los Lagos; un inflable en Escopark que se desinfla provocando la caída de varios niños y el traslado de tres de ellos al Hospital Erill; un juego infantil deteriorado en un espacio público de El Cazador que deja a una niña gravemente herida nos lleva a preguntar de qué sirve jactarse ante la comunidad internacional de gestionar una «Smart City» si el municipio no puede garantizar la inspección básica de un árbol, la estabilidad de un poste o la seguridad de los juegos en una plaza.
Mientras el Intendente recorre Seúl y Pekín junto a su Secretario General y su Secretaria de Seguridad -en comitivas y extensiones de viaje cuyos financiamientos y propósitos dejan más dudas que certezas oficiales-, los vecinos quedan expuestos a peligros cotidianos que requieren de una simple cuadrilla de poda o un inspector con sentido común mucho más que de un supercomputador.
La verdadera inteligencia de una gestión pública no se mide por la sofisticación de sus herramientas digitales ni por los diplomas obtenidos a 18.000 kilómetros de distancia, sino por la capacidad de proteger la vida de sus ciudadanos en el espacio público, porque cuando el mantenimiento preventivo brilla por su ausencia y las tragedias evitables se acumulan, la narrativa del «municipio del futuro» se revela como lo que realmente es: una costosa fachada publicitaria levantada sobre las ruinas del abandono cotidiano.
Dr. Marcelo L. Soto