Limpieza urbana: el desafío que sigue sin abordarse de manera integral

A veces da la sensación de que para la administración municipal existen dos extremos bien marcados en materia de limpieza urbana. Por un lado, escenas como la que refleja la fotografía que encabeza esta nota: personal municipal dedicado al mantenimiento de veredas en una calle de Ingeniero Maschwitz que, de por sí, suele lucir ordenada y limpia. Allí, dos trabajadoras barren hojas y pequeños residuos con dedicación y esmero, en un sector donde la suciedad rara vez se acumula. Y no deja de ser cierto que la limpieza —al igual que el abandono— tiene un efecto contagioso: los espacios cuidados suelen preservarse mejor porque los propios vecinos colaboran, consciente o inconscientemente, en mantenerlos así.

En el otro extremo aparecen los microbasurales, una problemática crónica del distrito a la que el intendente Sujarchuk decidió “declararle la guerra”. Se trata de terrenos y espacios degradados por la acumulación sistemática de residuos, cuya erradicación demanda recursos, controles permanentes y una política sostenida en el tiempo. El Municipio comenzó a intervenir en algunos de estos focos y ese esfuerzo merece ser reconocido.

Sin embargo, entre esos dos extremos existe una realidad cotidiana que la gestión municipal parece no terminar de asumir como prioridad: la suciedad dispersa que se acumula en veredas, banquinas, plazas y costados de calles y rutas. Papeles, botellas, envoltorios y residuos menores arrojados por automovilistas, motociclistas o peatones desaprensivos forman parte de una postal habitual en distintos puntos de Escobar. Conductas incívicas, sin dudas, pero que se agravan ante la ausencia de un sistema eficiente y constante de limpieza urbana.

Porque si bien el Municipio cuenta con una estructura estatal con miles de empleados incorporados durante los últimos años, no se observan cuadrillas permanentes destinadas específicamente al mantenimiento diario de estos sectores intermedios: aquellos que no son ni los espacios “modelo” ni los grandes basurales que generan impacto mediático.

Un ejemplo reciente lo expuso la calle Libertad. Días atrás se informó en este medio sobre la presencia de grandes bolsones negros abandonados a la vera del camino, presuntamente cargados con residuos retirados de las banquinas. Las bolsas continúan allí. Nadie las retira. Ningún funcionario parece advertir que el trabajo queda incompleto cuando los residuos recolectados permanecen durante días en el mismo lugar donde fueron juntados.

También existe una percepción cada vez más extendida entre vecinos: mientras gran parte del distrito convive con basura dispersa, zanjas descuidadas y banquinas deterioradas, muchos funcionarios regresan cada día a barrios cerrados donde el mantenimiento, la higiene y el orden son administrados con criterios mucho más eficaces por estructuras privadas. La comparación surge sola. Basta recorrer la calle Libertad y luego observar el estado impecable de la Avenida de los Lagos, mantenida por administraciones privadas, para advertir dos realidades completamente distintas separadas apenas por unos metros.

Esa diferencia explica, en parte, la creciente desconfianza de muchos ciudadanos hacia la capacidad de la administración pública para sostener servicios básicos de calidad. Porque limpiar no es únicamente barrer una vereda prolija ni fotografiar la erradicación de un basural. Limpiar también implica sostener diariamente el orden en los espacios comunes donde transcurre la vida cotidiana de la mayoría de los vecinos.