Conectar para Desconectar, ¡nuestro Rincón Literario!

Bienvenidos a «Conectar para Desconectar», un Rincón Literario donde podrás viajar por nuevas sensaciones y emociones a través de notas y poesías de autores locales.

Coordinadora: Rita Frank.

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¡Vengo a denunciar un robo!

—¡Policía! ¡Vengo a denunciar un robo!

—Sí, tome asiento. Dígame, ¿qué le robaron?

—Una mujer me robó el corazón.

No pensé que podía pasarme así, a esta altura. Creí que ya sabía cuidarme. Pero apareció ella y todo lo que yo había ordenado con esfuerzo se me desarmó en silencio. A veces el delito es mínimo y la condena eterna.

—¿Podría describirme a la ladrona?

—Solo una cosa puedo decirle…

Su sonrisa. Me hace pensar en lo que nos pasa por dentro cuando vemos sonreír a alguien que queremos. Algo automático, como un reflejo mal entrenado. La miro sonreír y, sin darme cuenta, sonrío yo también, por dentro. Es como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza, como si algo se activara: una sensación de seguridad, de confianza, de bajar la guardia. Y cuando uno baja la guardia empiezan los descuidos. Ella no lo hace con maldad, no se da cuenta, pero puedo decirle que con esa sonrisa podría desarmar a un ejército entero en un segundo.

—¿No divague, por favor, podría decirme dónde ocurrió el hurto?

—Fue en su casa.

Compartimos unas copas. Una charla extensa. Ella habló sobre sus sueños, sus temores, sus alucinaciones. Y yo, al escucharla, comencé a sospechar lo inevitable. Algo que me dio miedo. Temblé por dentro. Tuve ese arrebato de salir huyendo del cagazo, pero no pude. Sabía, muy en el fondo, que todo mi ser quería quedarse con ella. Al escucharla hablar me hacía sentir que estaba en casa.

—¿Usted se resistió?

—No hubo tiempo. Todo sucedió muy rápido, oficial.

Una simple charla. Una conexión espontánea. Un chispazo en lo más profundo del ser. Unos labios que se encuentran por primera vez. La sensación de que eso ya se había vivido hace tiempo, de vidas pasadas quizás, o la certeza de que eso iba a suceder, con la inevitable incertidumbre de repetirlo eternamente. Y eso que estaba en mi pecho, magullado, lleno de cicatrices, bombeando por inercia, ahora ya no está. O mejor dicho, sigue estando: bombeando con más fuerza que nunca en sus manos.

—¿Sabe algo más de ella? ¿Algún detalle que nos ayude a avanzar en la investigación?

—Sé cómo se llama.

—¡Hubiera empezado por ahí! ¿Cómo se llama?

—Melisa.

Frankenstein – @cuentistaborder

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